viernes 6 de noviembre de 2009

EL DÍA EN QUE JÚPITER ENCONTRÓ A SATURNO.




Gente, espejo de las estrellas, reflejo del esplendor.


Fue la primera persona que vio cuando entró. Tan guapo que ella bajó la mirada, sin querer, aunque queriendo que él también la hubiese visto. La sirvieron un vaso de cristal con ron, hielo y una rodaja de limón. Trituró la rodaja entre los dientes, y se mantuvo inmóvil, zarandeando el hielo con su dedo índice, sin beber. En mitad del gentío, dentro de un torbellino de movimientos, de personas levantándose todo el tiempo para bailar canciones bulliciosas y rodeada de sofás donde se hilaban caricias anónimas y besos clandestinos. Andó hasta conquistar la silla de madera y junco anclada junto a la ventana. Reinaba una noche despejada allá fuera plegada sobre el cielo de Barcelona. Rió sola. Reía sola casi siempre, era una chica delgada queriendo controlar su propia locura, discretamente infeliz. Mojó los labios en el ron para reunir coraje y poder clavar de nuevo su mirada en él, un chico tostado por el sol con pantalones blancos y camisa azul. Bajó otra vez la mirada, castaña también, y suspiró dejando caer los hombros, amoldando su tensa columna al junco de la silla. Sólo porque era sábado y no se quedaría, esta vez no, en casa parada entre el sonido del ayer, la televisión y el libro, siempre atenta al silencioso teléfono. Sonrió para si observando su alrededor, muy bien, felicidades, aquí estamos.

No es que estuviera triste, simplemente no sentía nada. Levemente, para no llamar la atención, giró el busto sobre la cintura, apoyando el codo derecho en el alfeizar de la ventana. Descansó el rostro en la palma de la mano y los cabellos lisos cayeron sobre su rostro. Para apartarlos, alzó la cabeza, y entonces vio el cielo. Un cielo tan claro como el zafiro, un cielo que no era el cielo normal de Barcelona, con una luna casi llena y Júpiter y Saturno muy próximos. Vista así no parecía tener vida, sino pintada sobre el paisaje como una acuarela de Botticelli. Sabía que no correría ningún riesgo varada allí, distante, remota, estática, pero entonces el chico de los pantalones blancos fue aproximándose sin que ella lo percibiese. Parándose a su lado. Vistos desde dentro, parecían ambos pintados en acuarela, pero vistos desde fuera, desde las ventanas de los coches que buscaban bares en aquella avenida, eran sombras chinescas recortadas sobre la luz roja. Y de pronto el rock agitado se detuvó y la voz de John Lennon cantó every day, every way is getting better and better. En el interior de la cabeza de ella sonaron cinco disparos, luego, la mirada endurecida de la chica se volvió hacia el interior del local chocando de súbito contra la mirada endurecida del chico. Las memorias que cada uno guardaba, que eran tantas, se trasparentaron tan nítidamente en sus ojos que ambos entendieron la situación. Fue entonces cuando él la tocó el hombro.


- Te gustan las estrellas?
- Quizá demasiado. A ti también?
- También. Estabas mirando la luna?
- Casi llena. Luna en Virgo.
- Mañana hará conjunción con Júpiter.
- Con Saturno también.
- Eso es bueno?
- No lo sé. Debe ser.
- Lo es. Como lo fue encontrarte.

(Silencio)

- Te gusta Júpiter?
- Si. En verdad “desearía vivir en Júpiter donde las almas son puras y las relaciones son otras”.
- Que es eso?
- El poema de un niño que va a morir.
- Como lo sabes?
- En febrero, él va a morir en febrero.
- Eh?

(Silencio)

- Tienes un cigarrillo?
- Estoy intentando dejar de fumar.
- Yo también. Pero querría tener algo entre las manos ahora.
- Ya tienes algo entre las manos ahora.
- Yo?
- Yo.

(Silencio)

- Como lo sabes?
- El que?
- Que el niño va a morir.
- Sé muchas cosas. Algunas ni tan siquiera sucedieron aún.
- Yo en cambio no sé nada.
- Te puedo enseñar a saber, pero no a sentir. No siento nada, desde hace ya tiempo.
- Yo sólo siento, pero no sé lo que siento. Y cuando lo sé no lo comprendo.
- Nadie comprende.
- A veces sí. Yo te enseñaré.
- Será difícil, morí en diciembre. De cinco disparos en la espalda. Tu también.
- Lo se, después abandoné el cuerpo. Tu ya saliste del cuerpo?

(Silencio)

- Tomaste alguna cosa?
- El que?
- Cocaína, morfina, codeína, mescalina...
- No tomé nada. Ya jamás probaré nada.
- Yo tampoco. Ya lo probé todo.
- Todo?
- La heroína tiene tratos con el diablo.
- El opio perfecciona la realidad.

(Silencio)

- Creo que estoy recordando. Usaba faldas coloridas y llevaba flores en el pelo.
- Mi trenza llegaba hasta la cintura. Las pulseras me cubrían los brazos.
- Algo se perdió.
- A donde fuimos? Donde nos quedamos?
- Algo se encontró.
- Y aquellos cascabeles?
- Y aquel perfume?
- Un día, de repente, el sol se fue..
- La carretera oscureció. Pero seguimos caminando.
- Sí. Donde está el Norte?
- No lo se.

(Silencio)

- Eres Tauro?
- Lo soy. Y tu, Capricornio?
- Lo soy. Lo sabía.
- Yo también lo sabía.
- Combinamos: Tierra.
- Sí. Combinamos.

(Silencio)

- Mañana partiré hacía Copenhague.
- Yo también, aunque para Cancún.
- Te mandaré una postal desde allí.
- Yo también.
- En mi tarjeta aparecerá una sirena suspendida sobre el mar.
- En la mía no habrá sirenas, sólo mar. Y una palmera inclinada.

(Silencio)

- Tomaré té de ayahuasca y te veré vestida de egipcia. A mi lado, mirando de perfil.
- Tomaré té de datura y te veré vestido de tuareg. Perdido en el desierto, ofuscado por el sol.
- Nos veremos?
- En tu té. En mi té.

(Silencio)

- Cuando llegué la noche y la nieve cubra las calles, me quedaré el día entero en la cama pensando en dormir junto a ti.
- Cuando esté muy acalorado, sentiré anhelos de balancearme sobre una hamaca y pensaré en dormir contigo.
- Te escribiré una carta que nunca llegaré a enviar.
- Intentaré recomponer tu rostro sin conseguirlo.
- Veré Júpiter y me acordaré de ti.
- Veré Saturno y me acordaré de ti.
- De aquí a veinte años volveremos a encontrarnos.
- El tiempo no existe.
- El tiempo si existe, sí, y devora.
- Voy a buscar tu olor en el cuerpo de otra mujer. Sin encontrarlo, porque lo habré olvidado. Jazmín?
- Romero. Cuando yo miré la enorme noche desde el Ecuador, pensaré si todo esto fue un encuentro o una despedida.
- Y que una palabra o un gesto, tuyo o mío, será suficiente para modificar nuestros guiones.

(Silencio)

- Pero no sería natural.
- Natural es que las personas se encuentren y se pierdan.
- Natural es encontrar. Natural es perder.
- Líneas paralelas se encuentran en el infinito.
- El infinito no acaba. El infinito es nunca.
- O siempre.

(Silencio)

- Todo eso es muy abstracto. Porqué no me invitas a tu alcoba para que durmamos juntos.
- Quieres dormir conmigo?
- No.
- Porque no es preciso?
- Porque no es preciso.

(Silencio)

- Bésame.
- Te beso.


Fue la última persona que vio al salir. Tan bonita que él bajó la mirada, sin saber porqué, aunque sabiendo que ella también lo había visto. Bajó por el ascensor con la llave de su casa en la mano. Zarandeó la llave entre los dedos, después mordió levemente su punta metálica, la trituró. Mantuvo sus ojos clavados en el suelo por donde pisaba, sin prestar atención a aquellos que asomaban sus narices o goteaban colirio. Andó hasta conquistar el espacio junto a la puerta de su casa. Oyó los ruidos cargados de jolgorio y acentos propios de la madrugada en los demás apartamentos, rió solo. Reía solo casi siempre, un chico tostado por el sol, con pantalones blancos y camisa azul, queriendo controlar su propia locura, discretamente infeliz. Se mordió la uña junto con la llave, acordándose de ella, una chica delgada de cabellos lisos junto a la ventana. Bajó otra vez la mirada, castaña también. y suspiró dejando caer los hombros, apoyándose sobre sus pies inseguros comprimiendo el inestable suelo del ascensor. Sólo porque era sábado, porque tenía decidido irse, porque las maletas aún estaban sin hacer y el teléfono sonaba sin parar. Sonrió mirando hacía su espalda.

No es que estuviera triste, simplemente no comprendía lo que estaba sintiendo. Levemente, para no llamar la atención de nadie, apretó los dedos de la mano derecha en la puerta abierta del ascensor y atravesó el zaguán helado, saliendo hacia la calle. Se apoyó en el poste de la esquina, el viento desordenaba sus cabellos, para apartarlos, alzó la cabeza, y entonces vio el cielo. Un cielo tan claro como el zafiro, un cielo que no era el cielo normal de Barcelona, con una luna casi llena y Júpiter y Saturno muy próximos. Visto así no parecía tener vida, sino pintado en un óleo de Buonarotti, nítido, paralizado y resaltando contra el fondo de la avenida, distante, remoto, estático, pero sin comprender. Sabía que no correría ningún riesgo varado allí, pero de repente observó a una chica asomándose allí arriba, a través de una ventana, gritándole alguna cosa que él no alcanzó a oír. Parado lejos de ella, la chica visible sólo de cintura para arriba parecía un títere de guante manipulado por alguien escondido, el chico apoyado sobre el poste y agitando la cabeza, una marioneta de hilos manipulada por alguien escondido.

De pronto un coche frenó justo detrás de él, lo espantó gritando “Maldito borracho, cualquier día acabarás atropellando a alguien“. Justo en ese momento, en el interior de su cabeza sonaron cinco disparos. Desde donde se encontraba no conseguía ver los ojos de la chica. Desde donde estaba, la chica no conseguiría ver los ojos de él. Pero las memorias de cada uno eran tantas que ella inmediatamente entendió la situación, desapareciendo de la ventana en el exacto instante en que él atravesó la calle sin mirar hacía tras.



A. Carpallo.

lunes 2 de noviembre de 2009

VA A PASAR



Va a pasar, tú sabes que va a pasar. Tal vez no mañana, pero dentro de una semana, un mes o dos, ¿quien sabe?. El verano está ahí, habrá sol si, casi todos los días, y siempre quedará esa cosa llamada “impulso vital”. Pues ese impulso, a veces piadoso porque no permite que ningún dolor resista durante mucho tiempo, te empujará... Quien sabe, hacia el sol, hacia el mar, hacía una nueva carretera y, de pronto, en mitad de una frase o de un movimiento te sorprenderás pensando en algo del tipo: “Estoy contento otra vez”. O simplemente “continúo”, porque ya no tenemos esa edad para, trágicamente, usar palabras grandilocuentes como “siempre” o “nunca“. Nadie sabe como, pero poco a poco fuimos aprendiendo sobre las consecuencias de la vida, de las personas y de las cosas. Ya no tanteamos el suicidio ni perpetramos actos alocados. Algunos, sí - nosotros, no. Continuamente continuamos. Y sustituimos expresiones fatales como “no resistiré” por otras más dóciles, como “sé que va a pasar”. Ese es nuestro modo de continuar, el más eficiente y también el más cómodo, porque no implica decisiones, sólo paciencia.

Claro que al principio no tendrás sueño o dormirás demasiado. Fumarás mucho también, y tal vez incluso te permitas tomar algunos de esos comprimidos que disfrazan el dolor. Claro que al principio, poco después de despertarte, mirando a tus espaldas el paisaje de cada día, sentirás alfileres atravesados no sabes si en la garganta o en el pecho o en la mente - y no importa – será aquello que con cuidado llamarás: “añoranza”. Y habrá momentos en los que esos alfileres candentes se transformarán en una corona de espinos incrustada sobre tu cabeza, en zarpas, ratoneras y tenazas en tu corazón. Atravesarás el día arrancando la poesía de tus libros antiguos y enterrando los viejos discos, como si no hubiera nada más importante que hacer. Y caminarás despacio por casa, mojando las plantas y abriendo ventanas para que sople ese viento reconstituyente aunque cargado de memorias y cansancios.

Contarás con los dedos los días que falten para que termine el año, no son muchos, pensarás con alivio. Y mórbidamente, tal vez, enumeres todas aquellas veces que la locura, la muerte, el hambre, la enfermedad, la violencia y la desesperación rozaron tus hombros y los de tus amigos. Serán tantas que desistirás de contar. Entonces fingirás, concienzudamente, fingirás creer que el próximo año todo será diferente, que las cosas siempre se renuevan. Aunque sepas que hay pérdidas realmente irreparables y que un brazo amputado jamás se reconstituirá solo. Pensarás con envidia en la lagartija, regenerando su propia cola cortada. Pero ante el crudo espejo, tus ojos ya no hallarán la gracia. Tan lejos se quedó el tiempo, "ese tiempo", que cuando te quieras dar cuenta será ya "aquel tiempo", y sentirás unas ganas absurdas de tomar decisiones como volver a casa de tus abuelas o de tus padres o tomar un tren hacía un lugar desconocido o telefonear a un número cualquiera (y contar, contar, contar) o escribir una carta tan desesperada que alguien se compadezca de ti y corra a socorrerte con cafés y bizcochos, preparando los cubiertos para tu regreso y limpiando el sudor frío de tu frente.

Entonces ya no habrá tiempo para la desesperación. Frenarás tu vuelo con unas ganas imposibles. Después repetirás, muchas veces, como quienes mastican, rumiarás una frase cualquiera escrita hace ya algún tiempo. Cualquier cosa así:

- "… Mastica la ciruela. Mastica , mastica, mastica: Siente su gusto insípido en tu boca seca …"


A. Carpallo.

viernes 30 de octubre de 2009

MAGIC BOX


La caja es pequeña: Mide menos de 20 centímetros. Pero me esta manteniendo desde hace ya más de 25 años. Lo hago así: Llego a una ciudad, alquilo un teatro modesto y esparzo carteles con una fotografía colorida de la caja por los postes. En rojo, una frase bien simple: "¿Que será lo que contiene la caja?". Eso es suficiente para llenar el teatro hasta la platea. A cada una de las cien, doscientas personas que repletan el teatro las digo: "¿No es fantástico? ¡Nunca vi nada tan genial dentro de una cajita!". Por miedo a que sean consideradas insensibles ante tal refinada manifestación artística, todas las personas acaban aplaudiendo. Algunas hasta añaden: "¡Realmente, el contenido de la caja es impresionante!". Impresionantes son las personas, diría yo. Pero eso no viene al caso ahora.


A. Carpallo.

EXTINCIÓN


Siempre me gustaron las ovejas. Mi infancia estuvo repleta de ellas: Ovejas blancas, negras, verdes; ovejas altas, sonrientes, inquietas, ovejas cuadradas. Sobre la mesa también estuvieron muchas ovejas, que mamá preparaba con una exageración de vino, pimienta y hortalizas. Hoy, sin embargo, ya no veo ovejas por ahí. Es una lástima. Las personas, de hecho, ni saben lo que son. Algunas consideran haber visto algo parecido en la televisión, otras, en fotos amarillentas. Los niños que yo conozco creen que las ovejas son sólo seres imaginarios creados en Internet. Fue debido a eso que decidí salir a fotografiar ovejas. Traerlas de vuelta a la luz, rescatarlas del olvido. Demostrarle al mundo que aún existen. Tengo siete cámaras que registran cada detalle que acontece en las calles, las veinticuatro horas del día, todos los días. Mi esfuerzo, sin embargo, esta siendo inútil: Acumulo, durante los últimos meses, fotos y más fotos de camiones, dinosaurios, tigres de dientes de sable, sirenas, hidras, minotauros, señores con sombrero de coco, medusas, ángeles y demonios, la madre que los parió... Ovejas ninguna.


A. Carpallo.

ARCADIA


Todo sucede al contrario en Arcadia: Los gallos cantan al caer la noche, los coches avanzan marcha atrás y siempre llueve hacia arriba. Cuando llueve. A pesar de ello, la vida en Arcadia es considerada normal por todo el mundo. Los relojeros atrasan los relojes con naturalidad y las zanahorias crecen con las raíces vueltas hacía el sol, que en verano surge siempre a medianoche. Cuando sus habitantes nacen, los ancianos no dan mucho trabajo, pues saben que en breve llegarán a la edad adulta y que después de eso les espera una adolescencia repleta de sorpresas y delicias: El fin de la vejez sólo trae alegrías en Arcadia. El único problema de la ciudad son los descontentos. Si, hay descontentos en Arcadia, miles. Ellos se quejan de todo, no están de acuerdo con nada y creen que la vida de verdad está allá fuera, tras los muros que cercan la ciudad. Debido a eso, muchos parten cada año. Y no se dan cuenta de lo obvio: Irse de Arcadia, a causa de la propia naturaleza de la ciudad, significa volver a ella.


A. Carpallo.

domingo 18 de enero de 2009

EL SUEÑO DEL PIANISTA


Hoy mis dedos volvieron a encontrar el camino y cayeron como losas sobre las láminas de nácar. Avivando esas formas perfectas, cansadas y adormecidas, cuya melodía, hasta hoy, sólo podía ser liberada por ese toque indeciso y tímido de pieles aún quemadas por tu memoria.


Hace ya mucho que partiste, aquel día el viento te envolvió, te llevó y te susurró:

“Serénate, tu cuerpo dormirá ahora entre mis brazos. Los mismos que te acostarán sobre terciopelo negro hasta que lleguemos a nuestro destino. Conmigo alcanzarás la felicidad, lejos... Muy lejos.”

Ese mismo viento, cruel y desalmado, también tuvo palabras para mi aquel día:

“En cuanto a ti... Te quedarás en mitad de la tempestad. No te podré llevar y te quedarás donde debes quedarte. Entre tus paredes miserables nacerá la humedad causada por tu corazón frío... Muy frío”.

Aquel día, se extendió sobre el horizonte el llanto de un niño que nunca se supo comprender o merecer. Hoy, años más tarde, he logrado arrancar el tupido velo de reminiscencias y recuerdos con el que, inconscientemente, tapicé las paredes de nuestra casa, que hasta ahora olía a ti. Y fue entonces cuando aparecieron ante mi, desnudas, sus teclas, todas sus ochenta y ocho teclas, con las huellas que tus dedos, en antaño, tocaron dulce y enérgicamente la música que ahora yo intento volver a crear.

Sólo me dejaste tu piano. Lo oculté en la buhardilla, al resguardo de una noche cómplice con la desesperación de saberme sólo, de saber que todos los cantos vacíos de nuestra casa crecerían hasta sofocarme.

Ese día abandoné nuestra casa. Abandoné, por así decir, la memoria. Comencé a morir en las calles. Comencé a morir en los vicios. Comencé a morir en esas noches desesperadas en las que lo único que oía era a alguien decirme:

“Lo tienes todo... tienes el don de desatar fuegos”.

Pero esas palabras no me eran suficiente. El Destino, ese bellaco caprichoso, tras vueltas y más vueltas, me hizo regresar a casa.

Regresé. Y no encontré nada que hubiera cambiado. El gris continúa en el mismo cenicero de nuestros vicios. Tus notas continúan donde siempre estuvieron. Las sábanas duermen silenciosas a los pies de tu piano. Acabo de recordar que un día me dijiste que el despertar mas triste de todos era en Re Menor. Entre gestos perdidos pongo las manos gastadas sobre el piano y vuelvo a crear, y vuelvo a despertar, y te veo, querida Musa, y te oigo cuando de repente me susurras:

“Pincelas mis días... Hoy voy a volver a bailar como un ángel al sonido de tus dedos”


A. Carpallo.

lunes 12 de enero de 2009

VACÍO

Otra vez más ella llega a casa, sobria y descontenta, deja las llaves sobre el mismo mueble donde yacen marcas de vasos que recuerdan tiempos felices. Recorre aquel largo pasillo blanco y ahora sucio, abre la nevera con la misma desgana de siempre, coge, una vez más, una de aquellas pizzas sin sabor mientras abre otra botella de Ron. Vuelve al salón, golpea los zapatos abandonados por el camino, espera a que la pizza este lista, bebe, fuma y llora en un ritual de martirio y reverencia a aquellos tiempos en que, aquellas frías paredes, sofás, alfombras y mesas eran impregnadas de aromas, gemidos, amor y lujuria.

Los recuerdos son interrumpidos una vez más por el olor a pizza quemada... Ya ni se acuerda de cómo es el sabor de cualquier otro alimento diferente a la pizza quemada... El sabor del ron, la pizza y las lágrimas se mezclan, así como se aúnan el humo del horno y del cigarrillo.

Sus ojos se clavan en aquel teléfono rojo que permanece mudo desde hace tiempo. Espera a que tal vez vuelva a sonar como en antaño, así como espera oír el ruido de las llaves deslizar por la cerradura de la puerta, a pesar de que ese sonido no lo ha oído desde hace días, meses, tal vez años.
Ya no tiene el más mínimo control del tiempo ni noción de los días, ha perdido ya la cuenta de cuantas veces fue a la oficina en pleno domingo. El trayecto hasta allí es ya algo mecánico, una efímera fuga de aquellas paredes.
Ha pensado incontables veces en mudarse, pero la idea de mover cualquier cosa la perturba y la desespera pues, tal vez, él no la reconozca, o se pierda, en caso de que volviera.
Piensa por vez primera en adoptar algún animal que pueda ocupar aquel vacío regente entre paredes y objetos, tal vez un gato, un perro, un pájaro, un mono, un hombe...

Cuando la calle ya no emite la polución auditiva del día a día y el silencio se hace ensordecedor hasta el punto de no dejarla pensar, decide poner aquellos CD's, ahora llenos de polvo. Tal vez los Beatles, tal vez Bach, tal vez Metallica... No importa, puede oír el sonido o la voz de miles de ídolos, pero nada es parecido a lo que en realidad desea oír, ninguna voz se parece a la de él... Niega para sí misma la idea de escoger algo en especial, pero acaba oyendo aquello que la hace recordar.
Se pierde entre pensamientos...Cuando se da cuenta, esta sola, derramada en el suelo entre almohadas, botellas y cigarrillos sin conseguir salir de allí.

Duerme profundamente, sin sueños, se despierta de pronto con el sonido estridente del teléfono... Su apartamento, alquilado, va a ser finalmente vendido, y con él todos sus recuerdos.
Se revela entonces un llanto compulsivo, y junto con él, la inmediación de aquellas pastillas para dormir que de vez en cuando toma, y aquellas botellas abiertas y post renunciados y cigarrillos y eternas huellas dejadas por él.

Siente el líquido caliente de sus lagrimas derramándose por sus mejillas, el sueño viene lento y dulce acariciando sus cabellos, se rinde a él despacio e instantes antes de entregarse por completo, oye un ruido que le resulta familiar, es el sonido de unas llaves deslizar por la cerradura de la puerta.

A. Carpallo

sábado 20 de diciembre de 2008

PARA LEER EN UN DÍA DE LLUVIA.

Fue en una de aquellas tardes lluviosas, en las que puede pasar cualquier cosa, que ellos se encontraron.

Ella caminaba sin rumbo, sólo sabía que ya no volvería, tenía sólo un destino para seguir. Él llegaba con retraso, pero también sabía hacía donde quería ir. Ambos esperaban a que la lluvia aplacara, pero no sabían si tendrían paciencia para eso.

Él estaba allí, debajo de la marquesina de aquella parada, cuando ella llegó, vistiendo tan sólo un pantalón vaquero y una camiseta blanca y cogiendo una rosa, completamente mojada. Ella abrazó su propio cuerpo intentando mantener una temperatura soportable, pero sentía el viento helado rasgar su piel. Él miró hacia ella y sintió como una especie calor súbito le empezó a resguardar, era bellísima y cada gota de agua que caía sobre su cuerpo centelleaba, casi cegándolo. Se quedó observándola durante un tiempo, hasta que de repente percibió como ella empezó a hablarle.

- ¿Ocurre algo?

- Nada, nada - Él se quitó el abrigo y mientras lo colocaba sobre los hombros de ella, preguntó:

- ¿Cuál es tu nombre?

- Yo no tengo un nombre, ni siquiera existo.

- Puedo tocarte, luego existes. ¿Crees en amor a la primera vista?

- No.

- Yo tampoco, hasta que te vi.

- El amor no existe, no es más que una mentira creada por alguien que quiere prender a otro alguien. Es una mentira tan bien contada que incluso los que se creen tan despiertos caen en su engaño. Pero aquellos que saben toda la verdad no caen en esa trampa. ¿Leíste algún poema de Shakespeare dedicado a su propia mujer? No, porque él nunca escribió para ella. Él escribió para muchas mujeres, pero nunca amó a ninguna, él sólo las deseaba, y las tenía, porque usaba la vieja mentira del amor.

- Hablas como si nunca te hubieras enamorado de nadie.

- En cambio, la pasión es diferente. De hecho, la pasión sí existe, tal vez, de existir, el amor sea sólo lo que sobra de la pasión, las cenizas de todo lo que quemó un día, tal vez el amor sea la necesidad y la pasión el querer, el amor controla lo que la pasión destruye. La pasión es como la lluvia, Nadie nos avisa de que vendrá, pero miramos hacía nuestro propio cielo y creemos que sabemos exactamente cuando va a llegar y como podremos controlar su llegada, pero en verdad no podemos. Entonces nos coge desprevenidos, miramos a nuestro alrededor y vemos a otras personas caminando bajo esa lluvia, a cubierto, y pensamos que son más despiertos que nosotros porque llevan paraguas, porque tienen una protección contra la pasión, pero si los analizamos bien, ellos también están mojados, porque no hay nada que les pueda proteger totalmente de la lluvia, de la pasión. Y cuando la lluvia cae corremos, huimos buscando protección, pero entonces es ya demasiado tarde, ya fuimos alcanzados por ella.

- ¿Entonces crees que puedes ser bañada por la pasión así como puedes ser bañada por la lluvia?

- Sí, así como fuimos regados hoy.

Entonces, ella lo abrazó y lo besó. Por instantes sólo oyeron el barullo de la lluvia, que parecía música, como para cualquier pareja apasionada a la que todo les parece música. Ella entonces se alejó y sonrió diciendo:

- Yo ya no pasaré más tiempo contigo, pero tu, sin embargo, te acordarás de mi para siempre.

- ¿Porqué hiciste entonces que me enamorase de ti si tu ya no me amarás después?

- Porque no quiero que me ames, quiero ser sólo una pasión tuya, aunque sea tan sólo por un día. Quiero que tu antojo por mí arda, quiero que te haga heridas y que te haga sufrir, quiero ocupar tu mente esta noche mientras ruedas sobre tu cama sin conseguir dormir, quiero que mi recuerdo te queme y que no se borre al poco tiempo. Quiero ser eterna en ti.

Ella se quitó entonces el abrigo y dejó la rosa envuelta en él y corrió, ya se ncontraba en mitad de la calle cuando él gritó:

- ¡Déjame saber al menos tu nombre!

- No necesitarás llamarme nunca, seré siempre la herida más latente en tu pecho.

Fue entonces cuando la violencia del tráfico salvaje hizo una más de sus víctimas mientras aún digería lo que ella quiso decir. Vio el rojo de la sangre mezclarse con el gris del asfalto, aunque percibió que lo que más sangraba en ese momento, era su pecho. Sabía que de ahí a unas horas, su muerte, que ahora dejaba a todos los de alrededor aterrados, sería olvidada, que la lluvia se llevaría todo y que en poco tiempo, no restarían vestigios de ella.

Caminó cabizbajo durante horas hasta llegar a su destino, su esposa lo esperaba sentada frente a su casa, ella corrió hacía sus brazos y lo abrazó como si no lo hubiera visto en mucho tiempo.

Él sintió el perfume de sus cabellos, respiró hondo y susurró:

- Te necesito.

Y extendiendo la mano con la rosa, se la entregó, diciendo:

- Para el amor de mi vida, te amo.


A. Carpallo

domingo 14 de diciembre de 2008

UN BESO Y UNA FRASE

Llegaste en mitad de una noche larga y fría, mientras nacía una tempestad.

Para apaciguar la espera, llené mi alma y mis oídos con las terribles pasiones de Albinoni... Hacía mucho tiempo que te esperaba.

Y de repente: Tu.

La tempestad borró el albor del crepúsculo y sólo quedaba en pie, insurrecta, una vela para iluminar tu faz y tu silueta gateando angosta entre las sombras de mi alcoba.

¡Que bello era el secreto de tu visita! Fue entonces cuando sentí la luminaria de tus ojos cintilando mientras te adentrabas en mi pequeño feudo. Nunca alcancé a descifrar que clase de magia extraña envolvía tu mirada, tan oscuros como lagos brillaban tus ojos, tan intensos que me sugerían misterios.

¿De donde viniste?

Vestías el negro puro de las noches profundas, y junto contigo, invadió mi alcoba, el perfume escarlata de las rosas invisibles que adornaban tu cuerpo. Me sentí en los paraísos edénicos al robarle tu aroma al aire que repleto estaba de tu presencia.

Mientras, la tempestad crecía y fulguraba allá fuera. A la luz de los relámpagos eras aún más bella. Lentamente, fuiste aproximándote a mi con tu dulce elegancia de hembra. Pareciese como si flotaras... Yo te escudriñaba como si de un sueño se tratase.

Te sentaste a mi lado, sobre la cama, y al fin, como cuervo alcanzando su nido, pude sosegar mi mirada en tu rostro. Calentó mi alma el calor que tu cuerpo irradiaba. Cuando tus dedos tocaron mi mano febril sentí como la sangre trotaba por mis venas con la mayor de las violencias, ordenando, sin tregua, pulsos de vida a mi corazón inflamado.

Sonreímos, y de esa sonrisa nació nuestro beso.

La tempestad enloquecía allá fuera. Y locura era que tus labios tocasen los míos. Como el sueño toca los labios de la noche.

Los vapores calientes de tu respiración eran un delirio que me entorpecía. ¡Cuanto antojo coreaban nuestras lenguas! ¡Como bebí, sediento, los vinos que destilaba tu boca!

Me embriagué con tus dulces y férvidos licores como si fueran alucinógenos.

Me consumí en tus labios, en tu lengua, en tus dientes.

¡Y que sublime melodía escuché de ti cuando besé el perfume de tu cuello!: Fueron tus suspiros que me estremecieron. Buceé en ellos, eran acordes de violines. Tus violines murmuraban en mis oídos, y yo, en replica terrenal, le susurré a tu espíritu.

Deslizábanse tus dedos por mi rostro... Dejamos nuestros átomos el uno para el otro.

En un abrazo denso y fuerte como el de la muerte, nos acostamos sobre la cama. Allá fuera, en cambio, abrazaba al mundo la tempestad. Y te dije cosas que nunca antes había dicho, y tu me hablaste como nunca antes había oído. Tu voz me elevaba como las aves y recorría mi piel como un río de agua tibia y cristalina. Tus caricias corrieron por mi cuerpo como las calientes brisas del verano.

Mientras nuestros ánimos se mezclaban, nuestras bocas transmitían el secreto de nuestros cuerpos. Y la Tempestad explotó. Todo el mundo se consumía allá fuera, y nosotros nos consumíamos en un beso.

¡Como amé tu alma en aquel corto instante eterno! ¡Como amé tu cuerpo en aquel eterno instante corto! Absorbí los antojos de amor de tu alma y de tu cuerpo. ¡Y los sentí en tempestad! ¡Y tu alma me calentaba, y tu cuerpo me incendiaba! Tanto, tanto, pero tanto... que... me desperté.

Me desperté, y tu no estabas. Y la tempestad que moría allá fuera, me hacía morir a mi aquí dentro.

Pero astralmente aún planeabas a mi lado. Sentía tu aura cuando respiraba aquel aire...

En el recuerdo, latiendo, un beso... y una frase... ¿Qué frase? Aquella de Fernando Pessoa:

"Y, por fin, tengo sueño, porque, no se porqué, me parece que lo juicioso es dormir".

Y volví a dormir...


Dedicado a María, My Sweet Misstress
16.02.08
Te Quiero


A. Carpallo

viernes 12 de diciembre de 2008

REMINISCENCIA


Me acuerdo de cuando ella era pequeña y sus alas eran del tamaño de la palma de su mano. Pasaba las tardes sola en su habitación, perdida entre muñecas y sueños infantiles.

Se sentía diferente por poseer aquellos otros dos extraños brazos cubiertos por plumas tan blancas como su piel, pero también se sentía especial, pues aquellos otros dos brazos diferentes hacían de ella algo único ante sus padres.
Ella crecía de lentamente si se comparaba a la rapidez con la que sus alas crecían, pero eso la hacía feliz, pues así, pensaba ella, sus alas pronto acabarían quedándose pequeñas para su habitación, para su casa, para su ciudad y sería momento para ver mundo.
Pensaba que así, sus padres comprenderían que ella había nacido para volar, a pesar de algunos tumbos que la dejaron cicatrices que cargaba con orgullo.

Sus alas fueron creciendo y ocupando poco a poco todos los espacios de la casa, llegando a tal punto, ella misma quiso arrancarse aquellos extraños brazos que apenas la dejaban moverse, pero al mismo tiempo, sabía que tal acto la impediría volar para siempre.
Recibía frecuentemente la visita de un amigo que poseía alas tan grandes como las suyas. Sus visitas la esperanzaban, pues mientras él estaba allí ella se sentía segura, la inundaba, entonces, la sensación de que podía volar sin salir de su casa.
Durante un tiempo sus visitas solucionaban el problema de la falta de espacio, pues al lado de él, ella sentía que el mundo era inmenso y que un día él cogería su mano y saldrían juntos por la puerta, volando hacía algún lugar, no importaba cual, pero volando, volando días enteros.
Pero después aquellas visitas ya no tuvieron el mismo efecto, el confort traído por él era entonces demasiado pequeño para sus enormes alas.

La desesperación fue tomando cuenta de ella, yo oía sus suplicas y advertía sus ojos pidiendo ayuda, pero no podía hacer nada, pues aquellos que la tenían, por miedo a perderla, la acabaron perdiendo y perdiendo cada vez más.
Ella ya no se movía, ya no tenía fuerza para nada más, quería salir, aún contrariando a aquellos a quienes tanto amaba, pero sus alas ya ni cabían por las puertas.

Fue en un caluroso día de verano que oí por última vez sus gritos, sus alas ya no la permitían respirar. Aquello que ella tanto amaba porque la hacía única, ahora estaba sofocándola de modo agonizante.
Intenté ayudarla, pero sus padres no querían dejarla volar, pues tenían miedo de que se cayera, se perdiera o quisiera olvidar el camino de regreso a casa.

Cuando ella dio el último suspiro ellos abrieron todas las puertas y todas las ventanas en desesperación, pero ya era tarde... Aquellas alas jamás volarían.


A. Carpallo

lunes 8 de diciembre de 2008

VINO Y ROSAS


Los suicidios, en aquel sanatorio, formaban parte de la rutina de la joven psiquiatra.

No era una rutina normal y envidiable, pero se sentía satisfecha por salvar vidas emocionalmente destruidas, aunque su vida personal fuera un gran fracaso del cuál no conseguía salvarse, haciéndola sentirse impotente delante de sus pacientes.
Ni aún las dosis dobles de sus remedios, acompañadas de cualquier bebida barata le traían cualquier cosa parecida al confort, entonces prefería perder totalmente la lucidez.

Se dirigía a la habitación 302, donde una paciente prometía acabar con su propia vida. Al abrir la puerta, se encontró con una adolescente sentada en el borde de la cama, sujetando una pistola de calibre 38. Tenía la constancia de que, en más de una ocasión, la seguridad del hospital era pura negligencia y se irritó ante el hecho de que siempre tuviera ella que reparar el error de otros. Su primera tarea debería ser retirar el arma de aquellas pequeñas manos. Se sentó sobre la cama, al lado de la adolescente, que continuó mirando fijamente la pared que se encontraba delante de ella.

- ¿Que viniste a hacer aquí?

- Cumplir con mi deber de psiquiatra e intentar salvarte.

La paciente se carcajeó ante esas palabras y encaró a la joven médico. Esta pudo percibir que la adolescente poseía la misma mirada perdida que aquel que, fuera de aquel hospital, le causaba todos los problemas de su vida. Miró firmemente aquellos ojos cuando, de repente, fue sorprendida por la mano de la paciente cogiendo la suya.

- ¿Si no consigues salvarte a ti misma, como podrás entonces salvarme a mi?

- Eres joven, tienes una vida entera aún para construir...

- No soy de ese tipo de personas que aprovecha la vida. Soy diferente a ti, que pierdes la lucidez en tu búsqueda por resolver los problemas. ¿Sabes cual es la única cosa que tenemos en común?

- ¿Que sabes de mi vida para hablar así de mí?

- Vosotros, los médicos, os creéis tan sagaces, todos arrastráis esa misma conversación sobre la importancia de aprovechar la vida. Un farol. ¿Sabes lo que ambas tenemos en común? Que ya no soportamos la vida, que ya alcanzamos nuestro límite, por encima de él, no nos queda nada. En vez de preservar nuestras vidas para que envejezcan, pierdan la acidez y se hagan más valiosas, nosotras nos la bebemos. Tú te la bebes a sorbos, y desperdicias algunas gotas con esas drogas que insistes en creer que resolverán alguna cosa, yo lleno el vaso y me lo bebo todo de golpe, así no siento como huye mi lucidez, ni como esta se difumina en cada sorbo sin tener apenas tiempo para presentir la resaca.

La psiquiatra se levantó, temía el rumbo que la conversación tomaba y sabía que estaba, inconscientemente, arrebatándola el rol de paciente. Sus pensamientos fueron, una vez más, interrumpidos por el habla de la adolescente.

- Quiero rosas rojas en mi velatorio.

- Yo no estaré aquí el día de tu velatorio, ya habré muerto por algún problema que acompañe mi vejez.

- Las rosas rojas son como la sangre, por eso las quiero. ¿Sabes que las rosas muertas y la sangre coagulada poseen la misma tonalidad? Cuando viven, ambas son cálidas y exhalan un dulce olor, cuando mueren son repugnantes, así como el vino cuando pasa del tiempo de ser bebido.

- ¿Estas ignorando acaso lo que te digo? No va a haber ningún velatorio.

- Siento tu impaciencia por no conseguir quitarme el arma.

La adolescente, entonces, se colocó de pie frente a la médico y extendió la pistola.

- Toma, veamos hasta donde consigues llegar. Quiero saber si eres capaz de beberte lo que sobra de la botella. Quiero ver si consigues beberte todo sin caerte al suelo. Me alegra de que hayas venido, no tiene gracia beber sola, ¿Verdad?

- No.

Cogió el arma, se sentía satisfecha por conseguir desempeñar tan bien su trabajo. Esbozó una sonrisa, fue entonces cuando sintió como su paciente la abrazaba violentamente. La abrazó de tal forma que sentía a la adolescente como si fuese una parte perdida de sí misma.

Primero se oyó un disparo.

Luego el bullicio ensordecedor del silencio, después vinieron las lágrimas.

Después de aquello: Nada.

Eran tan sólo un cuerpo, y una rosa.



A. Carpallo

sábado 6 de diciembre de 2008

FATAL CUENTO DE HADAS


Me encontraba en un velero, en mitad de un inmenso río, el "Río de las Almas", sin remos, sin timón, sin compás ni bitácora, sin nada, desgraciadamente perdido, desorientado.

Fue entonces cuando nueve hadas purpúreas emergieron de las aguas alzando mi embarcación y asentándome en tierra.

Les agradecí el gesto, y una de ellas, la más bella, la más triste, me dijo:

- "¡Observa! Allí, tras aquella arbolada, habita el gnomo que toca violonchelo eternamente. Ve hacia él. Tiene mucho que contarte. Ve inmediatamente, pues esta casi anocheciendo".

Seguidamente, hice lo que el hada me ordenó y me acerqué hasta aquel extraño ser. Junto con él estaban un silfo y una ondina. El primero tocaba un violín, y la segunda un piano. Era la fantástica Trinidad de Beethoven, cortesía de un trío espectral.

Después tocaron una pieza de Schubert.

Escuché y evoqué un bosque de lechuzas de la infancia, un recuerdo, sin duda, muy lejano.

Pero enseguida, adiviné una atmósfera de crepúsculo ineludible en el interior de aquella melodía y, despabilándome, le pregunté al gnomo antes que fuera demasiado tarde:

- "¿Que tienes que contarme, pequeño amigo?"

- "Nada. Tan sólo que tras los muros del Castillo de Grendell, la Doncella Bradante está gritando, gritando como nunca, tenebrosamente loca, desesperada. Otra vez se encuentra asomada al mirador del torreón formulando sus absurdas sentencias. Rápido, debes encaminarte hacia allí y salvarla".

Di un salto sobre la maleza y, presto como el rayo, recorrí infinitas florestas, añubladas, veladas de un verde pardusco. A cada paso descendían de las copas de los colosales árboles arcaicas brujas decrépitas, arpías enfermizas, y sensuales vampiresas que brindaban el antojo de ser mordido y sentir el olor de la sangre y el gusto de la vida desvanecerse por las venas.

Pero no paré. Las brujas cuchichearon y se burlaron, carraspeando:

- "Tiradle flechas, lanzadle cañonazos, acribilladlo, detonad bombas nucleares, no le vamos a dar, se esta escapando, es demasiado tarde, demasiado, se escapa".

Y sólo alcanzaron a disparar a una figura que se alejaba, en precipitada carrera, a través de la escabrosa espesura.

Tenía que llegar al castillo inmediatamente, como si fuera decreto de los dioses, corrí sin pausa, con fanatismo, impetuoso, desbocado, sin frenos. Sin prestarle atención a nada. No tenía tiempo de pensar, por eso me limité a intuir.

Fue entonces que, sobre mi frente febril, un protervo nubarrón comenzó a derramar una lluvia ácida, y vi, por entre las gotículas prismadas en arcoiris, a Siegfried, el adalid del Anillo de los Nibelungos, bebiendo hidromiel con El Dios Wotan, que descansaba junto a la espada Nothung y la Lanza del Poder.

Como saetas hacía una manada de bestias medievales, dirigieron a mí sus ojos de fuego, blandieron sus espadas, y gritaron a dúo:

- "El advenimiento esta próximo, avanza ya sin remedio el crepúsculo de los Dioses para dejar paso a nuevas eminencias cósmicas. Se agotó el tiempo, se abre paso la simbología del final. Explota, usa tu energía y relampagueando, corre fulminante hacía el castillo".

Y exploté, detoné en una orgía de bríos, frenesíes y energías, como el vértice del huracán, como la vorágine del trueno, como el indomable tifón, y me asolaron miles de ciclones, de vendavales, de tormentas, de tempestades, de borrascas. Embaucado, me convertí en la guerra de todas las guerras.

Quedaba tiempo, aún, aunque este se deslizaba riguroso, implacable, despiadado, cada minuto, cada segundo que se sucedía se escurría entre mis manos sin que pudiera apresarlo, unas manos que de repente se metamorfosearon en zarpas de lobo.

- "¡Calamidad! ¡Ahora soy un lobo!"...

... Y corrí, y corrí, y corrí desesperado, crucé bosques, selvas, desiertos, estepas, glaciares, océanos, soles y lunas y quise llegar. Pero nunca se llega a tiempo. Siempre anduve atrasado. Abandoné el lobo y volví a ser hombre, un poco más alto y exhausto. Batido, extenuado, marchito, pero proseguí, tenía que proseguir, tenía que sacrificarme, mortificarme, aunque todo fuera incomprensivo e injusto.

El tiempo no paraba y todo rebasaba ya sus últimos suspiros, sus últimas fuerzas, todo acababa, todo moría, todo se terminaba pero yo seguí en arrojada y atónita carrera.

Aparecieron en escena rugidos de truenos catastróficos de otros holocausticos planetas que corroían las ligeras luces del sol.

En fuga descendieron extraterrestres de Venus, y asaltaron mi camino valquirias y amazonas, náyades y hespérides, driadas y nereidas, para augurar y bendecir mi cometido... Entonces retumbaron las siguientes tragedias:

- "Destrúyela cuánto antes. Sin piedad, arranca de su interior el tumor maligno y corre, corre raudo hacía delante pues hallarás la puerta del Castillo y la escalera hacía la torre".

Y partí como una águila voraz, como un tigre, como un chorro de cometas explotando núcleos de helio, chispas e incendios en los cosmos barridos por vientos solares.

Envuelto en tragedia, llegué hasta el castillo donde se encontraba la Doncella Bradante. Se situaba en lo alto de una colina sobre una basta pampa morada verdosa.

Y allí se encontraba ella, vociferando.

Alrededor de la torre, una inmensa multitud se conglomeraba. Al observar a aquel mar de gente, sentí espanto: Todos exhibían en sus rostros expresiones de consternación, miedo, desesperación... Y colocaban las palmas de sus manos sobre sus caras y sobre sus cabezas, arrancándose los cabellos, chirriando los dientes, parpadeando nerviosos e irradiando odio y desdén, vomitaban sintiendo dolores intestinales y sudaban fría sangre helada, gritaban con ansias, nauseas y tedio y oraban alzando los brazos al cielo...

Intenté descubrir el porqué de todo aquel horror y fue entonces que dirigí mi atención hacía los gritos de la Doncella, allá en el torreón. Eran los siguientes bramidos los que desesperaban a la población:

- "...¿Y cuando llegará la muerte? ¿Que va a ser de vosotros? ¿Que será lo que acontezca? ¿Hacía donde iréis? ¿Hacía que lugar? ¿Y cuando entraremos en la frontera de lo Desconocido? ¿De donde vinisteis? ¿Por qué estáis aquí? ¿Por qué vivís? ¿Que es la vida? ¿Que es la muerte? ¿Cuando acabará la humanidad? ¿Y cuando acabaran todas las cosas? ¿Quien es Dios? ¿Por qué no queréis hablar de la muerte? ¿Que encontraremos cuando muramos? ¿A quien encontraremos? ¿Que es lo Desconocido? ¿Y las cosas sobre las que nadie sabe? ¿Y los Misterios? ¿Y lo que hay en otros mundos? ¿Y en otras dimensiones? ¿Y aquello que no se puede explicar? ¿Lo que esconden de vosotros? ¿Y cuando tuviéramos que hablar con los nuevos Dioses? ¿Y cuando llegará la muerte? ¿Y cuando va a despertar?..."

Y al finalizar de hablar, o mejor dicho, de chillar desesperada, la Doncella se sentó, y toda la multitud permaneció inmóvil, coloreada en el marco de un cuadro silencioso y desgarrador.

Y de repente, se abrieron los cielos y tronó un salmo angelical seguido de un benedictus de trompeta, de la cúpula estelada se derramo una hueste inescrutable de ángeles, serafines y arcanos con sus tronos, potestades y principados, aviesos y preparados para la Guerra partieron como un relámpago en dirección a la Tierra, llovieron indómitos y sentenciosos para acabar con todos... y con todo.



A. Carpallo

miércoles 26 de noviembre de 2008

QUIMERA ÍGNEA


Desde lo alto de la explanada del Palacio del Arzobispado, a partir de la cual se podía divisar la extensa plaza, ahora despoblada, donde tenían lugar las ejecuciones, el fraile Simón de Camilly escuchaba, con una profunda presión en el pecho, el silencio deprimente que se había provocado tras la inmolación.

Y respiraba el aire impuro, infecto, impregnado de humo humano. A esa hora, ya no se advertían las llamas escarlatas, que vorazmente habían recorrido las hallas de madera, y se elevaban al poste de suplicio para consumir, vigorosamente, las carnes impuras de la condenada, atada al fuste, en cuerpo y alma, por clavos y alambres.

El negro humo, de hedor endulzado por la carne calcinada, estaba dejando de erigirse en una columna convulsa y espiralada, para proyectarse al céfiro nocturno, y esparcirse sobre el cielo de Madrid como una bruma oscura y fuliginosa.

No, la inmolada ya no gritaba, perduraban sus restos lacerados por la fragua que escupía gruesos rollos de tabaco negro. Quedaban restos exasperados de la turba inclemente, que había asistido a la ejecución inmersa en un delirio dulce, en un trance frenético y narcótico.

Después de la ejecución, los remordimientos abrazaron a todos aquellos corazones empedernidos, sustituyendo el placer embriagador y la delicia del sufrimiento ajeno, por una sensación de desconfort, hermanada al malestar y la depresión que advienen después de la ingestión de substancias sedantes.

El fraile Simón también padecía esa sensación, esa inquietud opresora que se depositaba en su alma como el hollín de los mártires de la Inquisición. Pero, en su caso, había peculiaridades.

El erudito inquisidor, un madrileño culto e inflexible, aunque cuidadoso en el análisis de las pruebas, condenó a la chica sin que tuviera, en su espíritu de juzgador, certeza absoluta sobre la culpabilidad de la acusada. Pero, era correcto, la mayoría de las pruebas apuntaban contra ella. Y la confesión, la soberana de las pruebas, había sido obtenida sin que hubiese sido necesario recurrir a expedientes de torturas más atroces. Sí. La joven confesó lo que su pensamiento la dictaba, expresó que de la nada brotaban las llamas infernales que tantos estragos traían a la región, reduciendo a polvo los graneros a duras penas aprovisionados por los campesinos.

Confesó, además, que las llamas emanaban de las regiones más desgarradoras del Infierno, donde Lucifer, su maestro poderoso, reinaba absolutamente.

Finalmente, cuando el hierro candente se aproximó a sus encantadores ojos castaños, declaró, a gritos, que criaturas indefensas serían consumidas por los fuegos de Satanás, como pago por los placeres lascivos consumados con demonios indecentes.

No, no era momento para atesorar titubeos. Como bálsamo para el alma, el fraile Simón se recogió en su minúscula celda, dedicada a los humildes clérigos, donde, aún angustiado, oró a Dios, en búsqueda de paz y esclarecimiento.

Mientras se deshacía en plegarias al Creador, con las manos soldadas al viejo tercio ensebado, le escoltaba la refrigerante certeza de que la purificación había sido necesaria; le asaltaba la sensación de que el Todo Poderoso aprobaba sus acciones en defensa de la humanidad, intentaba vislumbrar que él tan sólo se limitaba a seguir decretos celestiales en pos de la diseminación de los insidiosos maleficios de los demonios; le dominaba, finalmente, la diligencia del alma que apacigua a aquellos que se esmeran en el cumplimiento de su deber.



Pero, apenas se hubieron silenciado los labios que se elevaban al Señor; apenas se hubo diluido aquella desesperada sintonía con el divino; apenas hubo retornado Simón de Camilly a la soledad amarga y desesperada de su alma, cuando nuevas y terribles conmociones se clavaron en su conciencia de fraile inquisidor, tan terribles y tan agobiantes que empezó a sudar abundantemente. Un calor absurdo, insoportable, invadió su celda, cuyas paredes empezaron a adquirir la coloración del hierro en brasa.

Entonces, de repente, unos seres disformes brotados de la oscuridad lo tomaron por las manos y lo condujeron por un pasillo abovedado, erigido en rocas candentes. Una entrada se abrió al frente. Una legión de demonios circulaba y evolucionaba entre las llamaradas abismales, mirándole con sonrisas sádicas y feroces. Ríos caudalosos de lava borboteaban. Vapores sulfurosos emanaban de las rocas candentes. Y una luminiscencia encarnada, que brotaba de las rocas fervientes, arrojaba, para todos lados, calores de lumbre, transfigurando la atmósfera que hervía y se evaporaba en su propio delirio, al son de músicas profanas y excéntricas danzas macabras.

Fue ahí cuando el fraile Simón percibió que los demonios, con sus danzas grotescas y sus sonrisas de escarnio, venían a su encuentro. El inquisidor retrocedió. Miró hacia atrás, donde debería estar aún la entrada del pasillo fulgurante. Pero, a su espalda, sólo había otros seres virulentos, aún más escalofriantes, que se desplegaban al sonido del salmo mortuorio impidiendo su fuga.

Lo aferraron con sus cáusticas manos y lo encadenaron a un trono de hierro, transcurrido por láminas punzantes. Sí, allí estaba, bajo tortura, Fray Simón de Camilly, el hombre escogido, el 14 de Septiembre del Año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1493, como protector de la humanidad, por decreto de Papa Alejandro VI Borgia.

La más aborrecible de aquellas criaturas, la que poseía pozos abismales en las cuencas de sus ojos donde centelleaban pequeñas lenguas llameantes, y que traía en sus manos un ejemplar del Malleus Maleficarum en un idioma absurdo, solamente dominado por seres increados, como ángeles y demonios, un mixto del latín, griego y sánscrito, pero con inflexiones absurdamente arameicas, acusó al fraile franciscano, con los dedos en ristre brotando, como víboras, imputándole con ademanes semejantes a aquellos majestuosamente ostentados por los inquisidores.

Un concilio de demonios desempeñaba la función de jurado y todos aquellos entes hediondos asentían y murmuraban horrorizados, en lo que resultaba ser una farsa excéntrica e innoble donde cada acusación, más vehemente que la anterior, sobresalía sobre las demasiadas expresiones injuriosas.

Vino, entonces, en secuencia, un ritual de tortura innecesaria, que hizo al padre contraerse de pavor, temblar y bramar... Llegó el tétrico veredicto, pronunciado por el más horrendo de los demonios, el de los ojos sin fin.

Tras ello, el demonio regresó tranquila y magnánimamente a las profundidades de donde hubo venido, satisfecho con el deber cumplido, y sin una sombra de remordimiento anunciada en su faz aciaga.

Iba cogido de la mano con la víctima, la menesterosa mujer que, bajo la orden de Fray Simón de Camilly, ardió, aquella misma noche, bajo los cielos impiedosos de Madrid.

La chica miró hacía atrás, descosiéndose del terrible demonio, y ensayó, suntuosamente, para el fraile, un gesto obsceno, urdido con ambas manos, la palma de una descendiendo sobre el puño semi cerrado de la otra, y le escupió una sensual sonrisa burlesca, antes de bucear definitivamente en las llamaradas infernales, donde Satanás, en orgía, la esperaba.

Prendieron, finalmente, al sacerdote a un poste ígneo, cuya consistencia era la de una enorme lengua de fuego, erecta y palpable. Entonces se manifestaron las múltiples llamas, que envolvieron al fraile y lo hicieron arder como una pira gigantesca.

Sí, el fraile Simón estaba en llamas. Las ampollas en su piel se hinchaban y estallaban, rociando, en la atmósfera humeante, los humores corpóreos, que eran inmediatamente absorbidos por las llamas. La dermis rugosa y corrupta se despegaba de su cuerpo, escurriéndose por el suelo, en migajas flácidas y deslizantes, como si ya no se ajustara a la estructura humana en la que, hasta entonces, tan bien se amoldaba.

Aún así, y una vez liberado del mástil ígneo, el fraile, consumido en carne viva, se infiltró por el pasillo abovedado, dejando tras de sí una nube de humo ennegrecido, que se escabullía de su cuerpo como una sombra en movimiento y se proyectaba contra los espectros purpúreos de los demonios ensandecidos. Una vez de regreso a su celda se arrojó a la cama y se puso a rezar en su lecho menesteroso de padre devoto, mientras era consumido por las llamas y por el indecible dolor.



Al día siguiente, no habría juicio. El arzobispo de Madrid se vio en la contingencia de convocar al fraile Martín de Châteaudun para reconducir los trabajos del Santo Oficio.

Pues cuando las vísperas ya envejecían, y, en comitiva, los clérigos se dirigían a recoger al fraile Simón a su celda para que compadeciese en la audiencia de inquisición, encontraron únicamente, sobre el lecho, la figura grotesca de un hombre calcinado, doblado sobre si mismo y reducido a un deshecho gris por llamas ardientes e invisibles.

El hábito del Fray Simón de Camilly permanecía intacto. E íntegras estaban las sábanas en las cuáles se hubo envuelto al dormir. No había señales de fuentes externas de calor pues ni siquiera el fuego se adivinaba en aquel antro infeliz. Sólo una sombra mate, de hollín y grasa, y que evocaba carne en llamas, se había diseñado en el techo de la celda, reproduciendo fielmente el cuerpo desarticulado y la fisonomía desesperada del inquisidor, mientras moría.

Como congelado en el tiempo, aún hoy se puede contemplar, pero no sin horror, en aquel techo ancestral, la estampa de los agónicos estertores del padre culto y beato, de cuyas manos salió el "Malleus Maleficarum".

Aún hoy, el fraile es recordado por su fidelidad a la causa de la Iglesia, y persiste la quimera que cuenta cómo ardió hasta la completa combustión, como si las llamas le brotaran de dentro de su cuerpo y de cómo un infierno flamante devastó su pobre conciencia.



A. Carpallo



domingo 23 de noviembre de 2008

MUSA


Algunos dirán que fue un sueño anormal. Otros, que es sólo la ficción absurda de un escritor delirante. Yo sólo me limito a contar lo que viví. Me limito a contar que deambulaba enfermizo y enardecido por la noche. Algo terrible, onírico, lancinante y fatal planeaba sobre mi alma. Esta, ya no se soportaba en mi ser insatisfecho e irremediable a la eternidad.

Vagaban alucinados mis pensamientos, inconformados por la oscuridad nocturna, iluminada por luces de luna y sueños medievales en dulces pesadillas.

Y aún más lejano volaba todo lo que yo sentía, todas las tempestades apocalípticas que en mí se debatían con su invisible violencia.
Mi universo sentimental escudriñaba ojos y alas de ángeles sobre nubes carmesíes, febriles y férvidas en los cielos repletos de ultraromanticismos, nubes cargadas de emociones que tronaban sobre mi espíritu inconsolable.


Fue entonces cuando la encontré.

Ella abrió el inmenso portón de un caserón antiguo de misterios y me invitó seductoramente a entrar. Si exteriormente aquella mansión sombría de inquietante imagen ancestral asomaba de forma majestuosa y aterrorizante, en su interior moraba una especie indefinible de magia sublime que me envolvió peligrosamente...

Un denso aroma de inciensos impregnados de delirios me invadió, hipnotizándome como un alucinógeno sobrenatural. Al inhalar aquella atmósfera cargada de auras y sueños y fiebres y vidas y muertes, una luz astral quemó mis pulmones apasionados.
En ese ambiente febril, en penumbra celestial y extrañamente luminosa, mis ojos ardientes, lagrimando, solamente distinguían cosas que no sé nombrar.

Todo, todo lo que yo veía no poseía nombre en nuestro mundo, en nuestras existencias normales, nosotros no conocemos aquellas cosas indecibles. Me es imposible, me arranco los cabellos intentando escribir las cosas tan absurdas que allí encontré...
Sin embargo, afirmo que vi infinitas existencias inefables que atolondraron mi corazón en vértigos. Perturbaron como una devastación mi mente desvariada, me entorpecieron como venenos ofídicos y mágicos. Me remolcaron a cielos y a infiernos cada vez que yo a ellas dirigía mis ojos que se desvanecían en vapores.

Lloré...

Y en un instante de suprema demencia espiritual, refulgió por el misterio un tempestuoso rayo irisado de luz solar. Y pude contemplar lo que hasta entonces me hubo sido imposible: La faz y los ojos de la mujer sobrehumana que me había brindado la insalubre invitación a entrar.

Y fue entonces que la amé.

Me prendí de aquella faz donde convivían ángeles y demonios, y de aquellos ojos hondos como lo desconocido, que, sin cesar, cambiaban de memoria, y arrojaban saetas enfebrecidas contra la esencia de mi ser.

Y cantos y gritos alucinados, dementes pero sin embargo bellos, demasiado bellos para soportarlos, que me conmovían, que agotaban mis lágrimas enloquecidas, cantos y gritos nacían de aquel ser nunca visado, por la tensa oscuridad iluminada. Una sinfonía volcánica, ciclónica, en forma de relámpago.
Y mientras mi pecho explotaba al sonido y a las miradas en fuego de la bella celeste-infernal, comprendí.

Comprendí que estaría conectado maldita y bendecidamente a aquella mujer para toda la eternidad finita o infinita de mi existencia insensata.

Deseaba saber quién era aquella entidad que me arrastró a la locura con sus filtros y embrujos, que tenía la cura para aumentar mi enfermedad.
Arrastrando mi manto de moradas añoranzas y torturas, buceé mi alma en los enigmas arcaicos de todo lo que se oculta en el cosmos... Temblores sísmicos anímicos hacían temblar mi ser, y a los vapores sanguíneos de rosas y sangres, pesadillas y sueños caían pesarosos sobre mi frente ensandecida.

Con mis brazos inflamados de raras y angustiadas energías no corpóreas, abracé en éxtasis divino el corazón de aquella mujer y besé, en la marcha fúnebre de la muerte y del fin, sus labios en lava.

Por las ventanas de mi sublime trastorno, de la furiosa pasión sin límites, yo veía la celestial tempestad eterna aproximándose en relámpagos apocalípticos. A nuestro alrededor, se erguían, en deliciosa locura amenazadora, espectros y arpías en fulgurantes crepúsculos escarlatas. Y en un murmullo, en la plenitud fantástica de la demencia, pregunté a los oídos de la mujer que me arrebató y me devastó como un huracán a los extremos universales...

Pregunté su nombre.

Y ella contestó.

Sentidme salvo. Y su nombre era Arte.



A. Carpallo