
Desde lo alto de la explanada del Palacio del Arzobispado, a partir de la cual se podía divisar la extensa plaza, ahora despoblada, donde tenían lugar las ejecuciones, el fraile Simón de Camilly escuchaba, con una profunda presión en el pecho, el silencio deprimente que se había provocado tras la inmolación.
Y respiraba el aire impuro, infecto, impregnado de humo humano. A esa hora, ya no se advertían las llamas escarlatas, que vorazmente habían recorrido las hallas de madera, y se elevaban al poste de suplicio para consumir, vigorosamente, las carnes impuras de la condenada, atada al fuste, en cuerpo y alma, por clavos y alambres.
El negro humo, de hedor endulzado por la carne calcinada, estaba dejando de erigirse en una columna convulsa y espiralada, para proyectarse al céfiro nocturno, y esparcirse sobre el cielo de Madrid como una bruma oscura y fuliginosa.
No, la inmolada ya no gritaba, perduraban sus restos lacerados por la fragua que escupía gruesos rollos de tabaco negro. Quedaban restos exasperados de la turba inclemente, que había asistido a la ejecución inmersa en un delirio dulce, en un trance frenético y narcótico.
Después de la ejecución, los remordimientos abrazaron a todos aquellos corazones empedernidos, sustituyendo el placer embriagador y la delicia del sufrimiento ajeno, por una sensación de desconfort, hermanada al malestar y la depresión que advienen después de la ingestión de substancias sedantes.
El fraile Simón también padecía esa sensación, esa inquietud opresora que se depositaba en su alma como el hollín de los mártires de la Inquisición. Pero, en su caso, había peculiaridades.
El erudito inquisidor, un madrileño culto e inflexible, aunque cuidadoso en el análisis de las pruebas, condenó a la chica sin que tuviera, en su espíritu de juzgador, certeza absoluta sobre la culpabilidad de la acusada. Pero, era correcto, la mayoría de las pruebas apuntaban contra ella. Y la confesión, la soberana de las pruebas, había sido obtenida sin que hubiese sido necesario recurrir a expedientes de torturas más atroces. Sí. La joven confesó lo que su pensamiento la dictaba, expresó que de la nada brotaban las llamas infernales que tantos estragos traían a la región, reduciendo a polvo los graneros a duras penas aprovisionados por los campesinos.
Confesó, además, que las llamas emanaban de las regiones más desgarradoras del Infierno, donde Lucifer, su maestro poderoso, reinaba absolutamente.
Finalmente, cuando el hierro candente se aproximó a sus encantadores ojos castaños, declaró, a gritos, que criaturas indefensas serían consumidas por los fuegos de Satanás, como pago por los placeres lascivos consumados con demonios indecentes.
No, no era momento para atesorar titubeos. Como bálsamo para el alma, el fraile Simón se recogió en su minúscula celda, dedicada a los humildes clérigos, donde, aún angustiado, oró a Dios, en búsqueda de paz y esclarecimiento.
Mientras se deshacía en plegarias al Creador, con las manos soldadas al viejo tercio ensebado, le escoltaba la refrigerante certeza de que la purificación había sido necesaria; le asaltaba la sensación de que el Todo Poderoso aprobaba sus acciones en defensa de la humanidad, intentaba vislumbrar que él tan sólo se limitaba a seguir decretos celestiales en pos de la diseminación de los insidiosos maleficios de los demonios; le dominaba, finalmente, la diligencia del alma que apacigua a aquellos que se esmeran en el cumplimiento de su deber.
Pero, apenas se hubieron silenciado los labios que se elevaban al Señor; apenas se hubo diluido aquella desesperada sintonía con el divino; apenas hubo retornado Simón de Camilly a la soledad amarga y desesperada de su alma, cuando nuevas y terribles conmociones se clavaron en su conciencia de fraile inquisidor, tan terribles y tan agobiantes que empezó a sudar abundantemente. Un calor absurdo, insoportable, invadió su celda, cuyas paredes empezaron a adquirir la coloración del hierro en brasa.
Entonces, de repente, unos seres disformes brotados de la oscuridad lo tomaron por las manos y lo condujeron por un pasillo abovedado, erigido en rocas candentes. Una entrada se abrió al frente. Una legión de demonios circulaba y evolucionaba entre las llamaradas abismales, mirándole con sonrisas sádicas y feroces. Ríos caudalosos de lava borboteaban. Vapores sulfurosos emanaban de las rocas candentes. Y una luminiscencia encarnada, que brotaba de las rocas fervientes, arrojaba, para todos lados, calores de lumbre, transfigurando la atmósfera que hervía y se evaporaba en su propio delirio, al son de músicas profanas y excéntricas danzas macabras.
Fue ahí cuando el fraile Simón percibió que los demonios, con sus danzas grotescas y sus sonrisas de escarnio, venían a su encuentro. El inquisidor retrocedió. Miró hacia atrás, donde debería estar aún la entrada del pasillo fulgurante. Pero, a su espalda, sólo había otros seres virulentos, aún más escalofriantes, que se desplegaban al sonido del salmo mortuorio impidiendo su fuga.
Lo aferraron con sus cáusticas manos y lo encadenaron a un trono de hierro, transcurrido por láminas punzantes. Sí, allí estaba, bajo tortura, Fray Simón de Camilly, el hombre escogido, el 14 de Septiembre del Año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1493, como protector de la humanidad, por decreto de Papa Alejandro VI Borgia.
La más aborrecible de aquellas criaturas, la que poseía pozos abismales en las cuencas de sus ojos donde centelleaban pequeñas lenguas llameantes, y que traía en sus manos un ejemplar del Malleus Maleficarum en un idioma absurdo, solamente dominado por seres increados, como ángeles y demonios, un mixto del latín, griego y sánscrito, pero con inflexiones absurdamente arameicas, acusó al fraile franciscano, con los dedos en ristre brotando, como víboras, imputándole con ademanes semejantes a aquellos majestuosamente ostentados por los inquisidores.
Un concilio de demonios desempeñaba la función de jurado y todos aquellos entes hediondos asentían y murmuraban horrorizados, en lo que resultaba ser una farsa excéntrica e innoble donde cada acusación, más vehemente que la anterior, sobresalía sobre las demasiadas expresiones injuriosas.
Vino, entonces, en secuencia, un ritual de tortura innecesaria, que hizo al padre contraerse de pavor, temblar y bramar... Llegó el tétrico veredicto, pronunciado por el más horrendo de los demonios, el de los ojos sin fin.
Tras ello, el demonio regresó tranquila y magnánimamente a las profundidades de donde hubo venido, satisfecho con el deber cumplido, y sin una sombra de remordimiento anunciada en su faz aciaga.
Iba cogido de la mano con la víctima, la menesterosa mujer que, bajo la orden de Fray Simón de Camilly, ardió, aquella misma noche, bajo los cielos impiedosos de Madrid.
La chica miró hacía atrás, descosiéndose del terrible demonio, y ensayó, suntuosamente, para el fraile, un gesto obsceno, urdido con ambas manos, la palma de una descendiendo sobre el puño semi cerrado de la otra, y le escupió una sensual sonrisa burlesca, antes de bucear definitivamente en las llamaradas infernales, donde Satanás, en orgía, la esperaba.
Prendieron, finalmente, al sacerdote a un poste ígneo, cuya consistencia era la de una enorme lengua de fuego, erecta y palpable. Entonces se manifestaron las múltiples llamas, que envolvieron al fraile y lo hicieron arder como una pira gigantesca.
Sí, el fraile Simón estaba en llamas. Las ampollas en su piel se hinchaban y estallaban, rociando, en la atmósfera humeante, los humores corpóreos, que eran inmediatamente absorbidos por las llamas. La dermis rugosa y corrupta se despegaba de su cuerpo, escurriéndose por el suelo, en migajas flácidas y deslizantes, como si ya no se ajustara a la estructura humana en la que, hasta entonces, tan bien se amoldaba.
Aún así, y una vez liberado del mástil ígneo, el fraile, consumido en carne viva, se infiltró por el pasillo abovedado, dejando tras de sí una nube de humo ennegrecido, que se escabullía de su cuerpo como una sombra en movimiento y se proyectaba contra los espectros purpúreos de los demonios ensandecidos. Una vez de regreso a su celda se arrojó a la cama y se puso a rezar en su lecho menesteroso de padre devoto, mientras era consumido por las llamas y por el indecible dolor.
Al día siguiente, no habría juicio. El arzobispo de Madrid se vio en la contingencia de convocar al fraile Martín de Châteaudun para reconducir los trabajos del Santo Oficio.
Pues cuando las vísperas ya envejecían, y, en comitiva, los clérigos se dirigían a recoger al fraile Simón a su celda para que compadeciese en la audiencia de inquisición, encontraron únicamente, sobre el lecho, la figura grotesca de un hombre calcinado, doblado sobre si mismo y reducido a un deshecho gris por llamas ardientes e invisibles.
El hábito del Fray Simón de Camilly permanecía intacto. E íntegras estaban las sábanas en las cuáles se hubo envuelto al dormir. No había señales de fuentes externas de calor pues ni siquiera el fuego se adivinaba en aquel antro infeliz. Sólo una sombra mate, de hollín y grasa, y que evocaba carne en llamas, se había diseñado en el techo de la celda, reproduciendo fielmente el cuerpo desarticulado y la fisonomía desesperada del inquisidor, mientras moría.
Como congelado en el tiempo, aún hoy se puede contemplar, pero no sin horror, en aquel techo ancestral, la estampa de los agónicos estertores del padre culto y beato, de cuyas manos salió el "Malleus Maleficarum".
Aún hoy, el fraile es recordado por su fidelidad a la causa de la Iglesia, y persiste la quimera que cuenta cómo ardió hasta la completa combustión, como si las llamas le brotaran de dentro de su cuerpo y de cómo un infierno flamante devastó su pobre conciencia.
A. Carpallo