domingo 29 de noviembre de 2009

AUTOPSIA.


Encontraron lo que supusieron que era mi cadáver durante una taciturna tarde de invierno.

”Irremediablemente muerto”. Fue lo que ellos dijeron. Y no pudo ser de otra forma tras constatar que mi cuerpo presentaba la rigidez de una piedra. Mi corazón yacía congelado dentro del pecho y mi respiración había cesado del todo pero yo sabía que las cosas no eran así.

A pesar de la inmovilidad y la frialdad de mi cuerpo mis sentidos estaban en alerta. Podía sentir perfectamente todos aquellos movimientos en torno a mí. El médico abrió mis párpados, primero uno, después otro. Lanzó contra mis pupilas un potente haz de luz. Pude ver que el especialista era una persona de media edad, pálido como un difunto. Tenía cara de mono. Si. El Doctor Orangután cerró mis párpados y me abandonó nuevamente en la oscuridad.

Sentí como me introdujeron en un saco funerario y me condujeron a una ambulancia. El automóvil comenzó a rodar. Se abrazó, durante el trayecto, a una velocidad mínima. El estado de entumecimiento en el que me encontraba aguzaba increíblemente mis sentidos. Supe en ese momento que había dos personas conmigo. Y eran seres execrables. No me prestaban la más mínima atención. Oí y aprecié lo que hacían. El hombre ensayaba unos preliminares mientras la ambulancia desfilaba solemnemente por las nevadas calles de la ciudad. Él le hurgaba las tetas a su compañera mientras esta le profería obscenidades. Sé que no hay bondad alguna en mi corazón. Soy un ser detestable pero, por aborrecible que sea, no podía dejar de experimentar cierta indignación por todo aquello. Y al final del trayecto, me sobrevino un cosquilleo, una inquietud palpable al compás impuro de aquella pareja abominable. El vehículo finalmente paró y me apostaron sobre una camilla con ruedas.

Vinieron conmigo. Tomamos algunas curvas y finalmente entramos en un ascensor. Percibí que la cabina descendía apresuradamente. Por el ruido que hacía concluí que el ascensor era bastante viejo. Lo siguiente fue un ruido abrupto. La puerta del ascensor se abrió. Intuí que me encontraba enfrente del pasillo que conducía a una de las salas de autopsia.

Hay quienes profesan el pavor irracional de ser enterrados vivos pero los que así piensan están completamente equivocados. Desconocen que es mucho más probable, y peor, que encuentren un doloroso fin bajo el tajo presto y profundo de un bisturí insalubre en una sala de autopsia o que se congelen lentamente en una de aquellas asfixiantes cámaras frigoríficas. Fue precisamente eso lo que pensaba cuando me colocaron una etiqueta en dedo gordo del pie derecho y me metieron en aquel antro angosto y nauseabundo.

Yo bien sabía que no podía moverme. Los músculos no me obedecían. En aquellas circunstancias, cualquier esfuerzo sería inútil. Debería, pues, almacenar y contener las energías para emplearlas en un momento más oportuno. A esas alturas aquel estado de paraplejia me era perfectamente familiar. Cualquier otro estaría desesperado en aquella situación pero yo me mantenía extremadamente tranquilo. Sereno. Sabía que en poco tiempo me sacarían de allí. Hoy en día, la identificación dactiloscópica se hace en un abrir y cerrar de ojos.

Noté como varios cajones se abrían y varias mesillas se deslizaban bajo sus rodamientos. Me colocaron nuevamente sobre otra camilla y, después, depositaron mi cuerpo rígido sobre una superficie lisa y fría, probablemente metálica. Alguien se acercó a mí. Sospeché que se trataba del Doctor Simio que había vuelto para examinarme con su destreza de mono circense. Pero estaba equivocado. Quien abrió y examinó mis ojos fue un médico joven. Un imberbe que transpiraba frivolidad en aquella impúdica mirada. Fue ahí cuando intenté reaccionar. Intenté abrir un ojo. Sabía que el entumecimiento estaba desvaneciéndose. Por eso me concentré en mover uno de mis párpados mientras que el Doctor Liviano inspeccionaba mis dientes. Pero cuando conseguí agitar el párpado derecho, el médico ya estaba de espaldas, dubitativo, buscando alguno de sus hediondos instrumentos.

El Doctor Frívolo volvió enarbolando un bisturí en su diestra. Se curvó sobre mi cuerpo suavemente. Iba a enterrar el bisturí en mi pecho. Fue entonces cuando sentí el bienvenido calor inundar y recorrer todo mi cuerpo, trayéndome un alivio tibio y llevándose consigo toda rigidez. Supe en ese momento que el sol se había sumergido definitivamente en el horizonte. Mis músculos eran nuevamente flexibles. Fue por eso que aferré in situ la mano del médico que ya descendía justamente cuando el afilado bisturí proyectaba su sombra mortal sobre mi tórax.

La frivolidad se disipó instantáneamente en la mirada del joven médico. Ahora lo que asomaba en sus negras pupilas era el pánico. Era la sorpresa violenta y atroz. Estupor que fugazmente evolucionó en una mueca punzante cuando, imprimiendo en la mano izquierda una fuerza grotesca, provoqué mediante un movimiento tan rápido como brusco que sus palpitaciones estallasen. El médico bramó. Gritó, ululó. Asintió atónito a su pulso quebrantado y después me clavó su mirada perpleja. Vi una sombra creciente de horror rebosar de sus ojos cuando percibió que mis dientes eran ahora cuchillas aguzadas y punzantes y el terror se esparció por su faz encrespada cuando avancé hacía su cuello, triturando y lacerando su yugular mientras la sangre viscosa manaba en profusas y regulares erupciones.

Ahora mismo intento ser cauteloso a la hora de elegir un lugar sombrío que me sirva de refugio y de descanso lejos de las cruces y de mis perseguidores. Y sonrío felizmente al imaginar el cuan sorprendidos quedarán los médicos y los policías cuando constaten que mi cuerpo ha desaparecido y que sobre la mesa de autopsias lo que verán no será mi cadáver a la espera de una disección, sino el cuerpo desnudo de un médico legista, completamente exánime y con una inhumana circuncisión en el dorso de su garganta.


A. Carpallo.