- Ve y cierra la puerta, para que el sabor de nuestros sueños no huya...
- No, no... le falta poesía. Parece más bien el prospecto de algún remedio para escritores faltos de inspiración.
Luis esbozó una sonrisa durante los instantes siguientes, tal vez por el efecto erosivo del whisky con poco hielo. Paco decapitó el cigarrillo en el cenicero, no le veía la gracia, o tal vez no había bebido lo suficiente.
- Luis, creo que el problema radica en las definiciones. Antiguamente las personas se empeñaban en particularizar cada nimiedad, hoy en día no hace falta, quizá podamos achacárselo al desorden por déficit de atención. ¿Quieres que hablemos de las definiciones inútiles?
- Será mejor que no hablemos de nada.
La camarera se acercó a la mesa.
Hace tan sólo un par de semanas que Luis y Paco descubrieron aquel bar, pero lo que verdaderamente les llevaba hasta ese lugar no era la bebida barata ni el Blues que siempre repiqueteaba en la radio, sino Ella, la camarera.
Luis se desenganchó de la copa, desatento, y la colocó sobre la hoja en la que intentaban escribir aquella poesía. Paco hizo lo propio, soltando el paquete de cigarrillos que hasta entonces reposaba en su mano derecha, y se llevó esta a la cara mientras apoyaba el codo sobre la mesa. Ella merecía toda la atención, y no podían permitirse perder ni el más ínfimo detalle de aquel momento con pequeños e innecesarios gestos.
Sus curvas fueron escudriñadas y medidas por aquellos cuatro ojos sedientos. Ella se inclinó sutilmente sobre la mesa para recoger la botella casi vacía y sus pechos rozaron levemente la cara de Paco, que se contuvo para no asaltarlos. Esos pechos si merecían una poesía. Ella era poesía.
- ¿Quieren algo más, muchachos?
- Tu número de teléfono, si es posible. – Bromeó Luis, entre sonrisas y miradas.
- Ehhh... Creo que dos Whiskies serían perfectos señorita. – Señaló la poca sangre fría de
Paco.
- Marchando dos copas para los caballeros. – Finalizó Ella.
Al abandonar la mesa, el culo de la camarera parecía un maestro de orquesta sincronizando las cabezas de Luis y Paco. Hacía la derecha, hacía la izquierda. Para la derecha, para la izquierda. Así que cuando las curvas de la camarera ya estaban lo suficientemente alejadas de sus ojos como para que pudieran seguir analizándolas, ambos encendieron sus cigarrillos, intentado obtener de ellos las palabras correctas para definir a aquella mujer. Paco fue el primero en coger la hoja e intentar escribir algo, mientras que Luis se encajaba un cubito de hielo en la boca. Poesía con la inspiración cedida por la camarera.
- Imagínate Paco, imagínate que esa mujer fuera mía. Ciertamente me convertiría en un poeta envidiable, los críticos me denominarían “el nuevo Benedetti”, ¿No crees?
- Devaneos de un borracho. Sabes que no sería así, Luis.
- ¿Y porqué no?
- Porque el poeta nunca escribe a la mujer que ya tiene.
Luis concordó con el silencio comedido entre los dos vasos. La camarera pasó cerca de ellos, portando una bandeja sobre la mano derecha, mientras que la izquierda se anclaba detrás de su cuerpo. Los cuatro ojos volvieron a asaltarla, para examinar como el traje rojo pegado al cuerpo de la camarera combinaba con sus labios escarlata. La voz de Paco acompañaba a la de B.B. King en la radio “I don't even Know your name, but I love you just the same”. La camarera sonrío al oír el desafinado cantar de Paco. Y esta se acercó a la mesa, justo en el mismo instante en que Luis se puso a hablar:
- Efervescente sensación de encanto, al mismo tiempo que calma, me despierta de espanto.
Y entonces, la boca escarlata le besó la cara.
- Ahórrate esa embriagada poesía. Gusto de las mismas curvas en las cuales los hombres se pierden.
Paco continuaba cantando mientras que Luis sólo sentía el escarlata quemándole la tez. La camarera ya se alejaba cuando, entrecortado, el declamó:
- Efer... ...ves... ...cente... ...sen... ...sa... ...ción... ...de... ...encanto. Al mismo tiempo que calma, me despierta de espanto. De canto, yo canto, un tanto cuanto, en tono de llanto, por no saber, si un día, me cubriré con tu manto.
Ella sonrió, se besó el dedo índice y sopló en la dirección de Luis. Paco sonreía, bebió otro trago hondo de whisky, volvió a coger la hoja y comenzó a escribir. Terminaba un poema cuando otra chica entró en el bar. Sus ojos verdes iluminaron el antro y su boca, exageradamente rosa, le recordó algún dulce consumido durante la infancia. Paco y Luis, en lo alto de la embriaguez, comenzaron a cantar “so please, please accept my love”.
Desde las entrañas de la cocina regresó la camarera, sin el uniforme, con el pelo suelto y alborotado cubriendo su pecho y el escarlata aún más intenso que antes en sus labios. Fue entonces cuando el rosa y el escarlata se encontraron y las curvas de ambas se hicieron una sola.
Luis y Paco se miraron y en el mismo instante se levantaron. Sobre la mesa, monedas derrochadas en el whisky, o en las curvas de la camarera. Antes de salir, Paco volvió a mirarlas, y sonriéndole a la camarera dijo:
- Me pierdo en tu instrumento, juguete indecente de sus descendientes, que le sirven de entretenimiento y sostén. O musa, en su blusa, eso si es asombroso, en tu pecho, imagino mi cabeza, ilesa, indefensa, bajo tu manto, me sentiría victorioso.
Y salieron del bar, Luis y Paco, Paco y Luis, tal vez hacía otro bar. Buscando más whisky, u otra camarera. Abrazados, cantaban por las calles “'I'll, I said, I'll end my life to be with you, yes, I will”.
A. Carpallo.

