domingo 27 de junio de 2010

[ En la Noche... ]


Y finalmente anocheció.

Llevaba demasiado tiempo esperando a que la noche cayera con todo su peso sobre mi alma exhausta. Por fin el odioso día se escondía desesperado, sangrando enfermos horizontes, y la noche, mi pretendida, se elevaba lenta y agónica, y con ella mis sueños, eclosionando furiosos y desabrigándose de una existencia despojada de suerte. Fue entonces cuando infinitas voces, nacidas de los cielos más ennegrecidos descendieron para invadir mis oídos. Cuando una alegría, hasta entonces presa de la desesperación de mis sueños, invadió esos campos de humanidad por donde solía deambular mi soledad.

No había luna en aquella oscuridad taciturna, engalanada de luto por la muerte de los absurdos romanticismos. Mis piernas avanzaban lentamente a través de vastos campos, de inmensas espesuras, entre árboles colosales y flores cuyos aromas, densos y nerviosos, me embriagaban. Insano, desorientado... sin rumbo fijo. No sabía hacía donde iba, pero si que la encontraría. Y ni tan siquiera el silencio desgarrador, ni el misterio indescifrable, ni la morbidez sin mesura, ni el antojo infinito e insatisfecho que repiquetea como el graznido de una lechuza perdida entre las tinieblas, podrían impedir que yo la encontrará.

A cada paso me profundizaba más en la noche. Y a cada paso la noche se profundizaba más en mi alma. Y cuanto más yo anochecía, más yo era yo mismo, y más libre me sentía de toda la sensatez que conlleva la mediocre vida humana. Rumores desconocidos de seres inexistentes empezaron a susúrrame a los oídos, musitando melodías sensualmente entristecidas.

Y seguía sin saber hacía donde me dirigía, sin saber con exactitud donde me encontraba. Simplemente caminaba embriagado de sensaciones en conflicto, por entre las sombras, que de forma lenta, lúgubremente lenta, surgían y se expandían ante mi faz perpleja que nada entreveía. Sólo sabía que la encontraría por entre la Noche absoluta.

Pues esta era mi felicidad, quien me alejaba de los hombres y de sus valores inútiles y triviales. La Noche era mi única libertad. Canciones inflamadas por una fiebre sin origen ni destino nacían desde todas las aristas de aquella oscuridad, y me hababan de sueños y antojos jamás antes conocidos. De pronto, Sentí un batir de alas sobre mi respiración estertorosa. Algo agitaba sus alas sobre mi y fue gradualmente alejándose, dejando tras de si un espectro escarlata, diluido, como quien se despide tras un sentencioso punto y a parte.

Con esa advertencia, sentí su cercanía. Ella estaba próxima, y fue entonces cuando bendije a la Noche por permitirme encontrarla. Por alejarme de la insurrecta e inútil vida humana que hervía impávida bajo la luz del día. Sólo en la Noche yo podría soñar, amar y vivir una vida que no era la humana.

Una sensación crepuscular me hizo entornar los ojos, que fueron seguidamente sellados, como los portones de un oratorio, cuando una hilera de tenues luces, surgió fantasmagórica entre los tupidos árboles por donde hube penetrado inebriado de delirio. Fue entonces cuando, por fin, pude distinguirla, envuelta por decenas de velas rubras que resplandecían como fuegos fatuos y devoradas en sus propias y sublimes llamas azules. Fue inmerso en aquella luminosidad cuando la vi, anegado por éxtasis absoluto. En aquel momento sopló, preñado de ira, una vendaval tibio y horripilante que abrió todo el cielo, hasta entonces atiborrado de tempestuosas nubes, para dejar paso a una luna llena y brillante, que parecía cincelada en el más puro oro, tal como los ojos de ella que surgió sabiéndose reina absoluta de la oscuridad. Mientras, bañadas en plata, millones de estrellas se manifestaron como por encanto esparciéndose como sal derramada sobre los cielos ahora límpidos.

Flemática y recóndita, Ella se acercó a mi. Me abrazó el incendio, me besó la lava y me susurró el trueno:

"Dale tu adiós definitivo al día. Despídete de el, sin mirar atrás. Ven conmigo y abraza la vehemencia de la Noche, la única que te conducirá al amor... El sol, la luz, el calor del día, ni tan siquiera te echarán de menos. El día es el trabajo, el movimiento, la sensatez, la turbulencia de quehaceres de la inútil existencia común de los hombres. El día es lo ilusoriamente alegre y abierto, lo claro y lo correcto, lo finito y lo transparente. La Noche es el opuesto de todo eso. Desdeña la vida de los hombres y coge la mano de la Noche. Solamente entre sus sombras castas y protectoras nos será permitido el amor, ocultos de los mezquinos, de los miserables, de las miradas humanas. Que las tinieblas de la noche sean nuestro ángel confidente, que conoce y cuida de nuestros más hondos secretos.


Ven conmigo, la Noche es esa tregua y esa paz tan anheladas por ti. La Noche es lo dulcemente desconocido, la Noche es el arte, la Noche es el misterio, la Noche es el amor. Yo te llevaré hasta más allá de la existencia y te liberaré de todo lo que es día... De todo aquello que masacra los sueños, de todo lo que perturba las aguas tranquilas y cristalinas de los lagos de tu mente. El mundo lucífero de las preocupaciones de los hombres no tiene nada más que decirte.




Olvida las palabras de los hombres y escucha las de los ángeles".


Y mientras tanto, sitiado por sus besos y su mirada, empecé a bucear, cada vez más y más, en la oscuridad nocturna.

En ese instante, ella me cogió de la mano y me llevó, en lo que significó una lánguida pero deseada caminata, hasta una elevación situada en el centro de la espesura. Escalamos aquel montículo con una extraña suavidad y al alcanzar la cima, percibí que desde allí podíamos otear los infinitos horizontes de nuestro alrededor. Entonces Ella derramó un intenso beso sobre el cáliz de mis labios, y descendió la elevación con la gracilidad de una pluma.

Y allí permanecí, solo y en terrible expectativa. Hasta que de repente, sobre el penumbroso fondo de los montes, un sol bañado por un rojo febricitante e incendiado surgió con una violencia y rapidez absurdas. En cuestión de minutos, ascendió hasta lo más alto de los cielos, mientras miríadas de incendios nacían con una velocidad vertiginosa, hasta donde mi vista alcanzaba. Personas, en multitudes incontables, brotaban de todos lados, como legiones, en una correría desesperada y preocupante.

Aquellas personas empezaron a destruir de forma implacable todo lo que se cruzaba en sus caminos, inclusive ellas mismas, estilándose como vanguardistas y mortíferas máquinas de guerra. Masacres colosales que derramaban océanos de sangre por todos los campos en llamas, y un rojo, proveniente del maná rubicundo, que se asemejaba indócil, a cada paso, en cada derramamiento, a una nebulosa sanguinolenta que imperaba absoluta sobre un universo ahora diurno.

Y mientras el día absurdo y demente llegaba a su auge, recuperando su corona, yo allí permanecía en soledad, siendo bombardeado, sin protección, por los rayos devastadores del sol.


Preguntándome donde se había ido Ella... Y cuando finalmente retornaría la Noche...

A.Carpallo.