domingo 6 de marzo de 2011

Hay Algo Podrido.


Como el salmo de los Ángeles que un día se vertió sobre esta reseca tierra desde cúpulas inalcanzables, es ahora el desastre absoluto el que cae con todo su peso sobre mis hombros. El humo de mi cigarrillo forma un halo de santidad a mi alrededor. Cuatro locas sin ojos encienden inciensos a pocos pasos de mi miseria. Contemplo con resignación la niebla del cigarro enredándose con la de los inciensos y observo como la mezcla trepa hacia el cielo. Esas resinas exhalan un hedor nauseabundo.

Un hilillo de vapor brota ahora de un orificio horadado en el centro de mi pecho. Un vapor que hierve dejando mi carne al rojo vivo. Regados mis ojos de escozor consigo débilmente distinguir a lo lejos el humo negro de las fábricas que parte dibujando remolinos demonizados hacía el espacio. Es el desarrollo, que jamás puede cesar, mascullo.

Sigo sintiendo ese mal olor que me hace incapaz de adaptarme aún después de siglos. A mi izquierda diviso un río, de sus aguas espumeantes surgen vahos evanescentes que brillan sobre la espesa oscuridad. Son brumas moradas, verdosas, amarillentas, escarlatas, algunas veces plateadas, que bailan como fantasmas por encima de sus aguas nerviosas, tensas, formadas por un negro y viscoso líquido. Un lóbrego liquido nutrido de vísceras licuadas, muerdagos, gangrenas y sueros sanguíneos que unidos en aquel horror pudren la atmósfera rociando de desgracia todo alrededor.

A varios metros de mi desesperación hay un pantano y una neblina verdosa que se eleva hacía las estrellas, fluorescente y bella, intensamente bella que me hace recordar añejas apariciones ilusorias. Pero su hedor es insoportable, miasmático. Me aproximo aún a sabiendas de que vomitaré, lo sé, y lo haré... Aunque lleve sin comer varios días.

Me encuentro ahora al lado del pantano. Hay cadáveres amontonados hasta donde la vista puede alcanzar. De animales y de humanos, principalmente de niños y ancianos. Los niños deben haberse suicidado, los viejos en cambio fueron traídos aquí desde los asilos, aún vivos pero terminalmente enfermos. No había motivos para cuidar de ellos, perdida de tiempo, de dinero y de diversión. Vomito, un liquido seco y blanquecino que se evapora rápidamente como si fuese un ácido corrosivo.

Me reincorporo y vuelvo a clavar mi atención en aquella niebla verdosa, sin duda una de las cosas más lindas que he visto en los últimos años. Es inmunda, pero bella. Lactada de efluvios que parten de los órganos corrompidos de aquellos cadáveres, como un halo podrido de millones de gusanos, la niebla asciende hacía cielos amenazadoramente nublados, brumosos como los ojos de la Muerte y allá a los lejos forman un espectáculo de colores y vapores insólito, una capa obscena y purulenta bajo la infinita impasibilidad de la noche.

Pequeñas lágrimas caen ahora desde mis ojos al contemplar la belleza de lo dantesco. Soy capaz de soportar una vez más todas aquellas pestilencias, todo aquel hedor cósmico con tal de volver a ver lo nunca visto, con la condición de volver a perderme en la visión de aquella inhumana y apocalíptica constelación.

Una catarata de sangre comienza a gotear sobre mis cabellos, sobre mi piel, sobre todo el suelo que existe delante de mí. Bebo de aquella savia vinagrosa para saciar mi sed insaciable. El calor es absurdo como todos los absurdos. Y ahora... ¿Qué me queda? ¿Quién me queda?

“Oh Luna, ¡¡Luna triste y amargada!!, ¿Donde estas ahora que no te veo?”

Camino abatido y cabizbajo como un condenado destinado a la horca. Merecería cualquier condena, soy culpable y lo admito, por eso me encuentro a gusto aquí donde la niebla que me cerca y me valla a la vista de todos no deja que mi pecado sea percibido.

Guío mis ojos hacía todas las casas por donde paso y veo como de ellas emergen enloquecidas, confusas y voraces miles de ratas y cucarachas infectadas. Salen por las puertas, por las ventanas, por los tejados, observadas atentamente por una bandada de presuntuosos buitres que reinan, como oscuros monarcas, desde lo alto de las torres carcomidas por las lluvias ácidas. Es el hedor que se desprende del corazón de aquellas casas lo que me hace vomitar la sangre que antes bebí.

Siento añoranza, recuerdo aquellos tiempos en que las florestas se quemaban. Ahora no queda nada por quemar. Que bello sería poder observar nuevamente aquellas magníficas y negras columnas de humo ascendiendo a un cielo todavía azul. Antes había miles de flores que quemar, rosas, camelias, tulipanes, geranios, violetas, lirios, ahora en cambio son sólo los cadáveres carcomidos los que arden y ese es el único perfume posible de sentir. Me pierdo entre recuerdos y plegarias, entre rezos y memorias cogidas de la mano que ya nunca llegarán a oídos de los Ángeles.

Ahora debo descansar un poco. Me desplomo sobre una escalinata de piedra. El hedor sigue siendo insoportable, pero ya estoy acostumbrado. La fétida niebla malsana en esas horas finales de la noche siempre lo envuelve todo. Se hace densa, húmeda, pesada, casi pegajosa. Parece como irradiada por las luces mortecinas de una ciudad que agoniza en su propia pesadilla eterna y atormentada. Creo que también tengo sueño. Y fiebre.

Mientras todo el sentimiento de la humanidad se carboniza y se consume a mi alrededor, una pútrida calina formada por una nebulosa de añoranza y amor extinto compone, lentamente, la imagen de tu rostro delante de mis ojos ya cerrados.




A. Carpallo.